lunes, 15 de febrero de 2010

LAS CARTAS DE BARONE. http://orlandobarone.blogspot.com

miércoles 3 de febrero de 2010
No hay forma de medir el grado de idiotez

No se sabe de nada que mida cuán idiota es cada uno. Dando por sentado que la idiotez es natural a todo el género humano. Por lo cual un idiota está capacitado para opinar sobre otros idiotas sin saber que se incluye. Porque se puede ser consciente de la propia idiotez o se puede ser ajeno.
El idiota consciente es como el cornudo ídem: forma parte de la idiotez como damnificado. El que ignora su ser idiota no sufre el ignorar que lo es, pero padece que los demás sí sepan que es idiota. Y no hay que atribuirle la suma idiotez a ciertos especímenes que pasan por la pantalla con o sin tatuaje, con o sin culo plástico, con o sin cancelación de cerebro.
Hay un axioma popular italiano que dice: “La madre de los estúpidos siempre está preñada”. No hay anticonceptivos que se lo impidan. Si nos guiáramos por el censo poblacional los chinos con 1.400 millones de habitantes deberían de estar en la cima. Aunque quizás un país de poca densidad de población puede tener más intensidad de idiotez. O al revés: un partido político de izquierda trunca, de escasos militantes, puede potenciarles el don.
Hay quienes creen que la producción de pensamientos no va a la par que el crecimiento demográfico. Tampoco va a la par de la prosperidad. Pocos saben la historia de la estupidez en el planeta tierra. Se las voy a contar desde mi porcentaje de idiotez, que aún no he medido pero que sospecho es vasta.
Dice la leyenda que ningún ángel hace dos cosas al mismo tiempo. Por lo cual un ángel llevaba un jarro lleno de almas inteligentes, mientras el otro llevaba un jarro lleno de almas idiotas.
El ángel del jarro de almas idiotas tropezó con una nube y derramó su contenido sobre la tierra. Nosotros somos el resultado y no nos damos por enterado porque tanto el Papa, Bill Gates, Bin Laden, todos los premios Nobel de Ciencia y todos los humanos desde los lapones a los bosquimanos, pasando por la Sorbona y por Oxford, vivimos nuestra idiotez como si fuese nuestra naturaleza estándar y no consecuencia del tarro de almas derramado.
Desde ya que se trata de un cuento de estúpidos para estúpidos, así que quien se crea exento de este don universal que siga persistiendo en su fantasía, que es gratis y que es una forma de esconderse para no verse.
El libro sobre la estupidez de Ponte de Pino, releído en el subte con el calor, me ratifica la pertenencia a la corporación de los idiotas. El autor está inscripto y eso lo hace creíble.
Y Buda no creo se exceptúe. Aunque Buda también sabía mucho de la estupidez. Su primo Nanda era un discípulo tan idiota que cuando el maestro producía un milagro, Nanda decía que no entendía. Entonces Buda le explicaba el milagro una y otra vez. Pero si de pronto ante un milagro Nanda decía que esta vez había entendido enseguida, entonces Buda le decía, justamente esta vez no has entendido nada de nada. Nanda me hace acordar, no me hagan decirles a quién. Nanda somos todos.

Carta leida por Orlando Barone el 3 de febrero por Radio del Plata

Escrito por Orlando Barone en 9:56 AM
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martes 2 de febrero de 2010
Los futurólogos negros traen suerte

Entre las maldiciones que desde el oráculo mediático se anuncian, figura la inflación galopante. Tema que los tienta, más que la nostalgia del celo a las gatas castradas.
Quienes predecían un verano sin consumo, sin turismo, sin electricidad y sin combustible- y fallaron las varias profecías- ahora para tratar de reivindicarse empiezan a augurar el descontrol de los precios. Desde consultoras, cámaras y corporaciones, muy interesadas en que la hecatombe se cumpla, especulan que a tamaño éxito del verano -que no se bancan y los hace retorcer de impotencia- sobrevendrán consecuencias sombrías. Otra vez la cantinela de que para comer un bife de chorizo habrá que ser rico. Otra vez las predicciones acerca de que tanto consumo no se condice con no sé que tabla de la lógica de oferta y de demanda, y otra vez a consultar a los fabricantes del Viagra para que hablen mal del chancho y no les haga competencia.
Y así se suman los heraldos negros de la profecía repartiendo maldiciones. Cuentan con la colaboración estúpida de muchos (y no pocos) heralditos útiles idiotas de los medios, repitiendo el sonsonete del infortunio que se viene. Y colaboran en la difusión de vaticinios miles de Mirtha Legrand, y de Mesas de Enlace vocacionales, adiestradas en predecir vacas y cereales que se extinguen, a la par que el presente lo disfrutan a molleja y ojo de bife.
Cómo fatigan el futuro para encontrar inminentes desastres. Apenas el Gobierno legitima índices favorables, los tergiversan o los subvierten. Y no bien mejoran el empleo y la producción y la demanda, salen los augures a escupir el asado. Cuanto más lo escupen más rico sale. Que sigan augurando y equivocándose.
Cada profecía oscura que adelantan nunca se cumple. Así que hay que celebrarlas a favor y no en contra. Lo que ellos vaticinan peor, es justamente lo que mejora.
En la antigüedad, a la diosa griega Casandra, experta en profecías, la condenaron a que siguiera profetizando pero sin acertar una. Auguraba sin sentido. Al cohete. Casandra abría la boca y era como nada. Su destino fue anticipar desastres que jamás se cumplían.
Entonces los ciudadanos griegos, ya avivados de la chantada, cada vez que les auspiciaban catástrofes esperaban prosperidades. Con el tiempo se acostumbraron a oír los malos augurios como augurios felices. Igual nosotros.

Carta leída el 2 de febrero de 2010 por Radio del Plata
Escrito por Orlando Barone en 11:23 AM
121 comentarios
lunes 1 de febrero de 2010
La patria del hombre es su infancia

Fue Rilke, el poeta, quien lo dijo. No se pregunte si es o no cierto: es así. “La patria del hombre es su infancia”. A lo mejor muchos lo saben sin haber leído a Rilke. Pero yo me enteré el otro día en la puerta de canal 7. Tuve que atravesar tanta vida para venir a descubrirlo solo por poner la cara en la pantalla. Porque fue la televisión la que me retribuyó con ese descubrimiento. Ni mis libros ni mis crónicas han logrado el alcance terrenal y global de la tele. En la vereda, en medio de la gente que espera para entrar a ver el programa 6,7,8, un hombre mayor me detiene con una sonrisa y me dice:
-¿Vos sos Barone, el de Núñez, que vivías en la calle Juana Azurduy cerca de la estación, y tenés un hermano llamado Norberto?
-Si, y tengo una hermana Ana María, le dije, sorprendido de darle esa información a ese desconocido que había entreabierto la puerta de una calle del pasado remoto y yo no sabía para qué.
El desconocido entonces fue al grano:
-¿ A qué no sabés quien soy yo?”, me preguntó como quien está dispuesto a un sufrimiento, como quien todavía duda de su propia revelación.
Como no me gusta que nadie sufra por un olvido mío, lo miré a los ojos. Créanme que fueron apenas unos instantes - y él, si me escucha, no me dejará mentir- y en sus ojos leí su nombre:
-Pascual, le dije, vos sos Pascual, el arquero de aquel equipo de chicos, Defensores de Núñez”.
Le di de lleno en el corazón porque con los ojos ya lanzados a la nostalgia me dijo:
-¿Sabés? Hace cincuenta y seis años que no te veo. Teníamos catorce. Retrocedió más de medio siglo como quien vuelve a la casa que está a la vuelta. Pero no.
Me hizo un guiño de pertenencia:
-Mi viejo y tu viejo eran peronistas. Me dijo que miraba el programa.
Ahí empezamos a recordar: que el sombrenombre de él era “Marrapodi”, el nombre de un arquero felino de Ferro; que a mi hermano y a mi nos decían “los cebollitas”: y que en el equipo jugaban los hermanos Díaz, uno hábil y el otro un duro; que el más gambeteador era “Camacho”, un chico más pobre que todos nosotros pero que en la cancha se convertía en el más rico. Pascual era el que guardaba y cuidaba la pelota. La inflaba y la engrasaba con trozos de grasa de la carnicería del barrio. Sin él no había partido. Me apuraba ya la hora, así que le toqué los hombros sin dejar de mirarlo; hice todo el esfuerzo del mundo para verlo a él como cuando era un chico, sin resultado. Los niños nunca vuelven: se los comen los grandes. Se los comen crudos: somos los únicos seres que nos fagocitamos a nosotros mismos y sin remordimiento. A cada rato, para ilusionarme, lo nombraba como si su nombre fuera la contraseña secreta para abrir la puerta de un templo ya cerrado hace mucho. Me dijo que entrara al canal, que no me preocupara, que él tenía invitación para el programa y que iba a estar en las gradas. Y que después, al salir, me saludaba. Pero después del programa no lo vi. No lo encontré. Me quedé un rato largo en la vereda del canal, sobre Tagle, a la noche, maldiciéndome por no haber tenido la precaución de anotar su teléfono. Por momentos tuve la idea de que Pascual había sido una aparición fantástica que se había desvanecido para que la nostalgia fuese perfecta. Para que no alargáramos el recuerdo, porque entonces nos íbamos a tropezar con nosotros, ahora, cincuenta y seis años después. Y ya no tendría gracia: nosotros ya no tenemos gracia. Cómo atajaba Pascual.

Carta leída el 1 de febrero de 2010 por Radio del Plata
Escrito por Orlando Barone en 9:32 AM

LAS CARTAS DE BARONE. http://orlandobarone.blogspot.com

martes 2 de febrero de 2010
Los futurólogos negros traen suerte

Entre las maldiciones que desde el oráculo mediático se anuncian, figura la inflación galopante. Tema que los tienta, más que la nostalgia del celo a las gatas castradas.
Quienes predecían un verano sin consumo, sin turismo, sin electricidad y sin combustible- y fallaron las varias profecías- ahora para tratar de reivindicarse empiezan a augurar el descontrol de los precios. Desde consultoras, cámaras y corporaciones, muy interesadas en que la hecatombe se cumpla, especulan que a tamaño éxito del verano -que no se bancan y los hace retorcer de impotencia- sobrevendrán consecuencias sombrías. Otra vez la cantinela de que para comer un bife de chorizo habrá que ser rico. Otra vez las predicciones acerca de que tanto consumo no se condice con no sé que tabla de la lógica de oferta y de demanda, y otra vez a consultar a los fabricantes del Viagra para que hablen mal del chancho y no les haga competencia.
Y así se suman los heraldos negros de la profecía repartiendo maldiciones. Cuentan con la colaboración estúpida de muchos (y no pocos) heralditos útiles idiotas de los medios, repitiendo el sonsonete del infortunio que se viene. Y colaboran en la difusión de vaticinios miles de Mirtha Legrand, y de Mesas de Enlace vocacionales, adiestradas en predecir vacas y cereales que se extinguen, a la par que el presente lo disfrutan a molleja y ojo de bife.
Cómo fatigan el futuro para encontrar inminentes desastres. Apenas el Gobierno legitima índices favorables, los tergiversan o los subvierten. Y no bien mejoran el empleo y la producción y la demanda, salen los augures a escupir el asado. Cuanto más lo escupen más rico sale. Que sigan augurando y equivocándose.
Cada profecía oscura que adelantan nunca se cumple. Así que hay que celebrarlas a favor y no en contra. Lo que ellos vaticinan peor, es justamente lo que mejora.
En la antigüedad, a la diosa griega Casandra, experta en profecías, la condenaron a que siguiera profetizando pero sin acertar una. Auguraba sin sentido. Al cohete. Casandra abría la boca y era como nada. Su destino fue anticipar desastres que jamás se cumplían.
Entonces los ciudadanos griegos, ya avivados de la chantada, cada vez que les auspiciaban catástrofes esperaban prosperidades. Con el tiempo se acostumbraron a oír los malos augurios como augurios felices. Igual nosotros.

Carta leída el 2 de febrero de 2010 por Radio del Plata

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La patria del hombre es su infancia

Fue Rilke, el poeta, quien lo dijo. No se pregunte si es o no cierto: es así. “La patria del hombre es su infancia”. A lo mejor muchos lo saben sin haber leído a Rilke. Pero yo me enteré el otro día en la puerta de canal 7. Tuve que atravesar tanta vida para venir a descubrirlo solo por poner la cara en la pantalla. Porque fue la televisión la que me retribuyó con ese descubrimiento. Ni mis libros ni mis crónicas han logrado el alcance terrenal y global de la tele. En la vereda, en medio de la gente que espera para entrar a ver el programa 6,7,8, un hombre mayor me detiene con una sonrisa y me dice:
-¿Vos sos Barone, el de Núñez, que vivías en la calle Juana Azurduy cerca de la estación, y tenés un hermano llamado Norberto?
-Si, y tengo una hermana Ana María, le dije, sorprendido de darle esa información a ese desconocido que había entreabierto la puerta de una calle del pasado remoto y yo no sabía para qué.
El desconocido entonces fue al grano:
-¿ A qué no sabés quien soy yo?”, me preguntó como quien está dispuesto a un sufrimiento, como quien todavía duda de su propia revelación.
Como no me gusta que nadie sufra por un olvido mío, lo miré a los ojos. Créanme que fueron apenas unos instantes - y él, si me escucha, no me dejará mentir- y en sus ojos leí su nombre:
-Pascual, le dije, vos sos Pascual, el arquero de aquel equipo de chicos, Defensores de Núñez”.
Le di de lleno en el corazón porque con los ojos ya lanzados a la nostalgia me dijo:
-¿Sabés? Hace cincuenta y seis años que no te veo. Teníamos catorce. Retrocedió más de medio siglo como quien vuelve a la casa que está a la vuelta. Pero no.
Me hizo un guiño de pertenencia:
-Mi viejo y tu viejo eran peronistas. Me dijo que miraba el programa.
Ahí empezamos a recordar: que el sombrenombre de él era “Marrapodi”, el nombre de un arquero felino de Ferro; que a mi hermano y a mi nos decían “los cebollitas”: y que en el equipo jugaban los hermanos Díaz, uno hábil y el otro un duro; que el más gambeteador era “Camacho”, un chico más pobre que todos nosotros pero que en la cancha se convertía en el más rico. Pascual era el que guardaba y cuidaba la pelota. La inflaba y la engrasaba con trozos de grasa de la carnicería del barrio. Sin él no había partido. Me apuraba ya la hora, así que le toqué los hombros sin dejar de mirarlo; hice todo el esfuerzo del mundo para verlo a él como cuando era un chico, sin resultado. Los niños nunca vuelven: se los comen los grandes. Se los comen crudos: somos los únicos seres que nos fagocitamos a nosotros mismos y sin remordimiento. A cada rato, para ilusionarme, lo nombraba como si su nombre fuera la contraseña secreta para abrir la puerta de un templo ya cerrado hace mucho. Me dijo que entrara al canal, que no me preocupara, que él tenía invitación para el programa y que iba a estar en las gradas. Y que después, al salir, me saludaba. Pero después del programa no lo vi. No lo encontré. Me quedé un rato largo en la vereda del canal, sobre Tagle, a la noche, maldiciéndome por no haber tenido la precaución de anotar su teléfono. Por momentos tuve la idea de que Pascual había sido una aparición fantástica que se había desvanecido para que la nostalgia fuese perfecta. Para que no alargáramos el recuerdo, porque entonces nos íbamos a tropezar con nosotros, ahora, cincuenta y seis años después. Y ya no tendría gracia: nosotros ya no tenemos gracia. Cómo atajaba Pascual.

Carta leída el 1 de febrero de 2010 por Radio del Plata

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viernes 29 de enero de 2010
Hace calor, sí. ¿ Y qué quieren, que nieve?

No los entiendo y no nos entiendo. ¿No era que en invierno hace frío y en verano calor? Lo raro sería que nevara. Que en verano pasáramos los días y las noches abrigados y con calefacción.
Por eso me pregunto: ¿Qué necesidad hay de al encontrarse con cualquiera, poner cara de sofoco y decirle /¡Qué calor, no se aguanta! /Para que la otra o el otro respondan /“Así no se puede vivir”/. Y, no. No se puede. Y dale con el calor. Que es bárbaro, insoportable, infernal, terrible. Surtido básico de adjetivos alusivos. Además al adjetivo se lo acompaña con gestos y muecas de tortura.
Gente aparentemente normal, estándar, que habiendo perdido todo indicio de originalidad parece reconfortarse en un monotema: el calor. Se contagia el calor por osmosis del diálogo y del boca a boca. Se dan manija y más sudan cuanto más “calorpatía” se intercambian.
¿Me decís que ya no dás más de calor? Pero si estás en el edificio de tu empresa donde las empleadas hasta tienen que ponerse un saquito. Si salís de un aire acondicionado y te metés en otro.
El calor mata. O “la” calor como se decía antes cuando en verano las mujeres usaban enagua y corsé y los hombres sombrero y saco y corbata, y debajo de la camisa, camiseta intelock. ¿Cómo hicieron para sobrevivir solamente apantallándose con un abanico o con un ventilador que apenas si soplaba una brisa caliente? Eran tiempos en que no había delivery de helado.
Imaginen ese padecimiento de no poder pedirlo por teléfono Tampoco había, y no voy a enumerar cuanta tecnología existe, porque todo está en las listas de electrodomésticos. En cualquier momento para viajar en colectivo o en subte se empiezan a fabricar refrigerantes portátiles de culos para que no se te pegue la cuerina de los asientos.
El calor se disfruta de acuerdo a las playas o piletas que nos son afines , y se sufre de acuerdo al laburo de pizzero con horno a leña donde se labure.
Cada cual tiene calor según el fresco de que es propietario. Hay gente que ni en invierno es dueña del calor, ni del fresco en verano. Debe vivir siempre a contramano de la temperatura. Es la que tiene derecho al pataleo. La otra, que deje de agotar kilowatios al pedo, por angurria.
El problema a que yo apunto no es el serio de la salud, que exige cuidados, sino el del lenguaje. El de convertir al calor en el único tema relevante de nuestras relaciones. También entre nosotros los periodistas, que últimamente no militamos en la sensatez sino en lo desorbitado. En muchos medios se está hablando del calor como si fuera una plaga climática que va a derretir a la Argentina. Lo que sería bueno se derritiera es el lugar común; lo obvio. Para que el que no habla del calor con el otro, no se sienta un excluido. Hablar del tiempo es la excusa más difundida para no decirse nada. Pero es sorprendente que en pleno verano nos sorprenda el calor. Será que tenemos tan poco para decirnos. O porque es la única coincidencia que nos une.

*Carta abierta leida por Orlando Barone el 29 de enero por Radio del Plata

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miércoles 27 de enero de 2010
Que le saquen la careta al monstruo que tienen escondido.


¿Cuál es el modelo de país que proponen los que se oponen al modelo del Gobierno? ¿Qué modelo imaginan, planean y especulan? Si el actual modelo no les gusta, los perturba, los damnifica y los ofende, qué otro modelo los atrae, los satisface y beneficia? Los opositores tienen que sacarse la careta y sacarle la careta al presunto modelo que mantienen en reserva. Y escamotean de la vista del público. Se agotó el tiempo de la crítica total al modelo en ejercicio: nada más fácil que desaprobar y objetar. O que proponer fantasías cuando la cama está lejos. Ha llegado la hora de desembuchar el supuesto modelo alternativo. Los indicios más reveladores y más nítidos aparecieron con el caso Redrado y la defensa vaticana del Banco Central. Y también se amplifican con la alegría que les depara el triunfo en Chile de Piñera, con los fallos judiciales en contra del modelo en operaciones, y con la idea retrospectiva de reubicar a los Derechos Humanos en la valija del desván y a los actores inhumanos en el limbo del olvido. Ya se sabe: a la oposición este modelo no le sienta. ¿Pero cuál es el que le calza de medida y por qué no lo muestra de una vez en lugar de demorar su sinceramiento? Con la soja sola y el tambo ad hoc no basta. Tampoco con la iniciativa privada privadísima. Ya pasó en el umbral de los noventa cuando el modelo que ganó la confianza de la gente se sacó la careta y “no los voy a defraudar” se convirtió en “los voy a despojar”. A nadie puede ocurrírsele que haya compatriotas que sientan nostalgia de ese modelo. Aunque nadie está a salvo de añoranzas de placeres a costa del dolor. ¿O si? Todo modelo de gobierno es ideológico. Se sabe ya empíricamente cuál es el del actual y qué cosas no incluye este diseño. No incluye el ajuste a la inversión pública, no incluye la exclusión o la opción del desempleo ni la vocación por esterilizar el Estado o esterilizar la producción y alentar los malabares secretos financieros. Es transparente. No incluye la revolución. No fantasea con actores sociales que no abundan. No plantea espejismos amateurs ni corazonadas adolescentes. Es pura carpintería, con dosis de impureza artesanal y de imperfecciones de estilo. Pero este modelo no hace cirugía mayor con anestesia ni promueve mutilar el Estado ni jibarizar el valor de la moneda. Este modelo es éste. A quienes no les gusta: ¿Cuál otro modelo les gusta? Por el rechazo al actual deben de estar imaginando un modelo totalmente opuesto. Deschávense. Confiesen. El monstruo ya no se aguanta en los camarines. El predador está con hambre. Sáquenle la careta. Desnúdenle la cara al modelo que planean.

Carta abierta leída por Orlando Barone el 27 de Enero de 2010 en Radio del Plata.

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martes 26 de enero de 2010
El gobierno mete la pata hasta acá

Este gobierno raro respecto a tantos gobiernos anteriores insiste en enfrentarse con los lobbies económicos, con los medios de comunicación hegemónicos y con los agroganaderos prósperos. Todos juntos. ¿Por qué en lugar de enfrentarlos no los asocia y los premia todavía con mejores negocios que los que hoy los benefician? Si es lo único que quieren. Tampoco se entiende que se insista en enjuiciar a los ex militares represores y en avanzar en la lucha por los Derechos Humanos, a sabiendas que hay sectores de poder que preferirían amnistiarlos y pasarlos por la amnesia. Tanta terquedad en querer descubrir la presunta apropiación de los hijos de la fundadora del diario Clarín, para recibir la obvia represalia de una andanada mediática opositora. ¡Ah, si canjearan el ADN dudoso por tapas del diario a favor! Es raro este gobierno. ¿Por qué en vez de repartir asignaciones universales y jubilaciones y planes a los más necesitados, no se dirige hacia las clases medias urbanas, recupera el ecosistema y se evita la reacción cacerolera y la catarsis crispada boca a boca? El gobierno debería predicar menos Milagro Sala y más Alfredo De Angeli; menos fútbol para todos, y más que el que quiere ver fútbol pague; menos Mar del Plata y Mar de Ajó, y más Punta del Este y Punta Cana; y menos sindicatos y más corporaciones y patrones. Qué necesidad tiene de enfrentarse con el grupo mediático más poderoso y extorsivo, si cediéndole algo grande a cambio con telefonía incluida lo tendría a su favor incluyendo su plantilla de miles de comunicadores. Y si el gobierno hubiera dejado al Banco Central tranquilo no tendría tantos planteos judiciales en contra y el establishment y los fondos buitres no estarían al acecho entre bancas y togas.
Y los partidos de la oposición no se la pasarían desconfiando de la influencia del Alba, de los díscolos del sur y de Evo Morales. ¿Por qué no tener la prudencia política de mimar a la Santa Iglesia, a la farándula mano dura que tanta adhesión recibe de las masas televisivas, y a los economistas ortodoxos del ajuste; en lugar de acercarse a los garantistas blandos, a Florencia Peña, y a los economistas afines del grupo Fénix? ¿Qué quiere este gobierno? ¿Ser apoyado por Carta abierta de los intelectuales que escriben en difícil y que pretenden un proyecto popular, o ser aliado del grupo Aurora con sede en el diario la Nación y que cuenta con accionistas culturales del voto calificado?
Si quisiera gobernar sin tener que dormir con un ojo abierto tendría que reivindicar al Cobos furtivo, y además ceder, parar y retroceder. Pero elige tocar intereses delicados aún a costa del riesgo de perder. ¿Si al Gobierno realmente le interesara mantener cómodamente el poder sería tan estúpido de echarse encima a Héctor Magnetto el empresario más ligado a todas las fuentes de presión? ¿Y para qué confluir con las abuelas y las madres de plaza de mayo en lugar de confluir con la sociedad del borrón y cuenta nueva que no mira nunca para atrás pero si mira a la derecha? Gobernar o enfrentar. Flotar o avanzar. Esa es la cuestión. El gobierno avanza y enfrenta. Y esa es su apuesta y su franqueza. Es lógico que para aquellos que les duele, mete la pata hasta acá.


Carta abierta leída por Orlando Barone el 26 de Enero de 2010 en Radio del Plata.

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viernes 22 de enero de 2010
La irresistible atracción de los niños huérfanos haitianos.


A la embajada Argentina en Haití llueven llamadas de interesados en adoptar niños huérfanos haitianos. Interés conmovedor y solidario que se reproduce por miles en los Estados Unidos, y en variadas proporciones en Canadá, Chile, Brasil, España y en otros lugares del mundo. Francia es el país que más larga tradición tiene de huérfanos haitianos en adopción. Un sitio en la red sirve como guía para iniciar el trámite, de difícil concreción ya que están en suspenso para evitar maniobras en medio del desorden. El infortunio de más de cien mil o doscientos mil niños sobrevivientes, a cuyos padres y familias tragó el terremoto, alienta el deseo por rescatarlos adoptándolos como hijos en países más felices y más prósperos. La demanda transita desde el impulso emocional al sentimiento de solidaridad. Lo cierto es que los huérfanos haitianos se pusieron de moda. Como si esa tendencia imitara la de tantas estrellas de Hollywood con vocación de madres y padres adoptivos de criaturas de dolor lejano y exótico. Una intensa oferta de piedad surge desde distintas geografías con destino hacia esa isla largamente olvidada. Personas solas, parejas estables, padres con hijos biológicos buscan anotarse en una creciente lista de solicitantes de huérfanos haitianos. Aunque ya antes del desastre había casi cuatrocientos mil que ni soñaban esperar padres adoptantes. Hoy es diferente. Cunde una corriente de socorro que inspira el entusiasmo humanitario y ubica a los huérfanos haitianos en el primer puesto de la demanda filial internacional superando a las demandas tradicionales de niños africanos o asiáticos. Latinoamérica ha sido siempre un tentador orfanato y de buen marketing; y la Argentina dispone de un abundante reservorio de miles de huérfanos que suelen esperar en institutos y asilos hasta adultos sin haber interesado a nadie. Algunos son devueltos a los asilos después de un período de prueba donde los adoptadores se arrepienten por motivos que mejor es ignorar. No hay que ser mal pensado. Alivia más creer que un huerfanito criollo, un morochito norteño no compiten con un negrito haitiano en la puja de adopción. Que son iguales. Que no se privilegia el exotismo para lucir maternalmente en Punta del Este en verano. O para demostrar que padres rubios ricos se dan la libertad de criar a un hijo negro pobre. Y para qué sospechar banalidad, preferencia étnica, o teatralidad filantrópica, en algo tan humanamente dramático como adoptar a un niño huérfano. Tampoco habría que conmoverse por ellos solo cuando hay un terremoto. En tanto en geriátricos destruídos, cientos de ancianos se resignan a ser los últimos en atraer algún interés solidario. UNICEF, más dramáticamente, advierte que tras este aluvión adoptivo acecha el tráfico de niños. Tan brutal como el tráfico sería que los huérfanos haitianos se convirtieran en moda.


Carta abierta leída por Orlando Barone el 22 de Enero de 2010 en Radio del Plata.