La patria del hombre es su infancia
Fue Rilke, el poeta, quien lo dijo. No se pregunte si es o no cierto: es así. “La patria del hombre es su infancia”. A lo mejor muchos lo saben sin haber leído a Rilke. Pero yo me enteré el otro día en la puerta de canal 7. Tuve que atravesar tanta vida para venir a descubrirlo solo por poner la cara en la pantalla. Porque fue la televisión la que me retribuyó con ese descubrimiento. Ni mis libros ni mis crónicas han logrado el alcance terrenal y global de la tele. En la vereda, en medio de la gente que espera para entrar a ver el programa 6,7,8, un hombre mayor me detiene con una sonrisa y me dice:
-¿Vos sos Barone, el de Núñez, que vivías en la calle Juana Azurduy cerca de la estación, y tenés un hermano llamado Norberto?
-Si, y tengo una hermana Ana María, le dije, sorprendido de darle esa información a ese desconocido que había entreabierto la puerta de una calle del pasado remoto y yo no sabía para qué.
El desconocido entonces fue al grano:
-¿ A qué no sabés quien soy yo?”, me preguntó como quien está dispuesto a un sufrimiento, como quien todavía duda de su propia revelación.
Como no me gusta que nadie sufra por un olvido mío, lo miré a los ojos. Créanme que fueron apenas unos instantes - y él, si me escucha, no me dejará mentir- y en sus ojos leí su nombre:
-Pascual, le dije, vos sos Pascual, el arquero de aquel equipo de chicos, Defensores de Núñez”.
Le di de lleno en el corazón porque con los ojos ya lanzados a la nostalgia me dijo:
-¿Sabés? Hace cincuenta y seis años que no te veo. Teníamos catorce. Retrocedió más de medio siglo como quien vuelve a la casa que está a la vuelta. Pero no.
Me hizo un guiño de pertenencia:
-Mi viejo y tu viejo eran peronistas. Me dijo que miraba el programa.
Ahí empezamos a recordar: que el sombrenombre de él era “Marrapodi”, el nombre de un arquero felino de Ferro; que a mi hermano y a mi nos decían “los cebollitas”: y que en el equipo jugaban los hermanos Díaz, uno hábil y el otro un duro; que el más gambeteador era “Camacho”, un chico más pobre que todos nosotros pero que en la cancha se convertía en el más rico. Pascual era el que guardaba y cuidaba la pelota. La inflaba y la engrasaba con trozos de grasa de la carnicería del barrio. Sin él no había partido. Me apuraba ya la hora, así que le toqué los hombros sin dejar de mirarlo; hice todo el esfuerzo del mundo para verlo a él como cuando era un chico, sin resultado. Los niños nunca vuelven: se los comen los grandes. Se los comen crudos: somos los únicos seres que nos fagocitamos a nosotros mismos y sin remordimiento. A cada rato, para ilusionarme, lo nombraba como si su nombre fuera la contraseña secreta para abrir la puerta de un templo ya cerrado hace mucho. Me dijo que entrara al canal, que no me preocupara, que él tenía invitación para el programa y que iba a estar en las gradas. Y que después, al salir, me saludaba. Pero después del programa no lo vi. No lo encontré. Me quedé un rato largo en la vereda del canal, sobre Tagle, a la noche, maldiciéndome por no haber tenido la precaución de anotar su teléfono. Por momentos tuve la idea de que Pascual había sido una aparición fantástica que se había desvanecido para que la nostalgia fuese perfecta. Para que no alargáramos el recuerdo, porque entonces nos íbamos a tropezar con nosotros, ahora, cincuenta y seis años después. Y ya no tendría gracia: nosotros ya no tenemos gracia. Cómo atajaba Pascual.
Carta leída el 1 de febrero de 2010 por Radio del Plata
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