miércoles 3 de febrero de 2010
No hay forma de medir el grado de idiotez
No se sabe de nada que mida cuán idiota es cada uno. Dando por sentado que la idiotez es natural a todo el género humano. Por lo cual un idiota está capacitado para opinar sobre otros idiotas sin saber que se incluye. Porque se puede ser consciente de la propia idiotez o se puede ser ajeno.
El idiota consciente es como el cornudo ídem: forma parte de la idiotez como damnificado. El que ignora su ser idiota no sufre el ignorar que lo es, pero padece que los demás sí sepan que es idiota. Y no hay que atribuirle la suma idiotez a ciertos especímenes que pasan por la pantalla con o sin tatuaje, con o sin culo plástico, con o sin cancelación de cerebro.
Hay un axioma popular italiano que dice: “La madre de los estúpidos siempre está preñada”. No hay anticonceptivos que se lo impidan. Si nos guiáramos por el censo poblacional los chinos con 1.400 millones de habitantes deberían de estar en la cima. Aunque quizás un país de poca densidad de población puede tener más intensidad de idiotez. O al revés: un partido político de izquierda trunca, de escasos militantes, puede potenciarles el don.
Hay quienes creen que la producción de pensamientos no va a la par que el crecimiento demográfico. Tampoco va a la par de la prosperidad. Pocos saben la historia de la estupidez en el planeta tierra. Se las voy a contar desde mi porcentaje de idiotez, que aún no he medido pero que sospecho es vasta.
Dice la leyenda que ningún ángel hace dos cosas al mismo tiempo. Por lo cual un ángel llevaba un jarro lleno de almas inteligentes, mientras el otro llevaba un jarro lleno de almas idiotas.
El ángel del jarro de almas idiotas tropezó con una nube y derramó su contenido sobre la tierra. Nosotros somos el resultado y no nos damos por enterado porque tanto el Papa, Bill Gates, Bin Laden, todos los premios Nobel de Ciencia y todos los humanos desde los lapones a los bosquimanos, pasando por la Sorbona y por Oxford, vivimos nuestra idiotez como si fuese nuestra naturaleza estándar y no consecuencia del tarro de almas derramado.
Desde ya que se trata de un cuento de estúpidos para estúpidos, así que quien se crea exento de este don universal que siga persistiendo en su fantasía, que es gratis y que es una forma de esconderse para no verse.
El libro sobre la estupidez de Ponte de Pino, releído en el subte con el calor, me ratifica la pertenencia a la corporación de los idiotas. El autor está inscripto y eso lo hace creíble.
Y Buda no creo se exceptúe. Aunque Buda también sabía mucho de la estupidez. Su primo Nanda era un discípulo tan idiota que cuando el maestro producía un milagro, Nanda decía que no entendía. Entonces Buda le explicaba el milagro una y otra vez. Pero si de pronto ante un milagro Nanda decía que esta vez había entendido enseguida, entonces Buda le decía, justamente esta vez no has entendido nada de nada. Nanda me hace acordar, no me hagan decirles a quién. Nanda somos todos.
Carta leida por Orlando Barone el 3 de febrero por Radio del Plata
Escrito por Orlando Barone en 9:56 AM
71 comentarios
martes 2 de febrero de 2010
Los futurólogos negros traen suerte
Entre las maldiciones que desde el oráculo mediático se anuncian, figura la inflación galopante. Tema que los tienta, más que la nostalgia del celo a las gatas castradas.
Quienes predecían un verano sin consumo, sin turismo, sin electricidad y sin combustible- y fallaron las varias profecías- ahora para tratar de reivindicarse empiezan a augurar el descontrol de los precios. Desde consultoras, cámaras y corporaciones, muy interesadas en que la hecatombe se cumpla, especulan que a tamaño éxito del verano -que no se bancan y los hace retorcer de impotencia- sobrevendrán consecuencias sombrías. Otra vez la cantinela de que para comer un bife de chorizo habrá que ser rico. Otra vez las predicciones acerca de que tanto consumo no se condice con no sé que tabla de la lógica de oferta y de demanda, y otra vez a consultar a los fabricantes del Viagra para que hablen mal del chancho y no les haga competencia.
Y así se suman los heraldos negros de la profecía repartiendo maldiciones. Cuentan con la colaboración estúpida de muchos (y no pocos) heralditos útiles idiotas de los medios, repitiendo el sonsonete del infortunio que se viene. Y colaboran en la difusión de vaticinios miles de Mirtha Legrand, y de Mesas de Enlace vocacionales, adiestradas en predecir vacas y cereales que se extinguen, a la par que el presente lo disfrutan a molleja y ojo de bife.
Cómo fatigan el futuro para encontrar inminentes desastres. Apenas el Gobierno legitima índices favorables, los tergiversan o los subvierten. Y no bien mejoran el empleo y la producción y la demanda, salen los augures a escupir el asado. Cuanto más lo escupen más rico sale. Que sigan augurando y equivocándose.
Cada profecía oscura que adelantan nunca se cumple. Así que hay que celebrarlas a favor y no en contra. Lo que ellos vaticinan peor, es justamente lo que mejora.
En la antigüedad, a la diosa griega Casandra, experta en profecías, la condenaron a que siguiera profetizando pero sin acertar una. Auguraba sin sentido. Al cohete. Casandra abría la boca y era como nada. Su destino fue anticipar desastres que jamás se cumplían.
Entonces los ciudadanos griegos, ya avivados de la chantada, cada vez que les auspiciaban catástrofes esperaban prosperidades. Con el tiempo se acostumbraron a oír los malos augurios como augurios felices. Igual nosotros.
Carta leída el 2 de febrero de 2010 por Radio del Plata
Escrito por Orlando Barone en 11:23 AM
121 comentarios
lunes 1 de febrero de 2010
La patria del hombre es su infancia
Fue Rilke, el poeta, quien lo dijo. No se pregunte si es o no cierto: es así. “La patria del hombre es su infancia”. A lo mejor muchos lo saben sin haber leído a Rilke. Pero yo me enteré el otro día en la puerta de canal 7. Tuve que atravesar tanta vida para venir a descubrirlo solo por poner la cara en la pantalla. Porque fue la televisión la que me retribuyó con ese descubrimiento. Ni mis libros ni mis crónicas han logrado el alcance terrenal y global de la tele. En la vereda, en medio de la gente que espera para entrar a ver el programa 6,7,8, un hombre mayor me detiene con una sonrisa y me dice:
-¿Vos sos Barone, el de Núñez, que vivías en la calle Juana Azurduy cerca de la estación, y tenés un hermano llamado Norberto?
-Si, y tengo una hermana Ana María, le dije, sorprendido de darle esa información a ese desconocido que había entreabierto la puerta de una calle del pasado remoto y yo no sabía para qué.
El desconocido entonces fue al grano:
-¿ A qué no sabés quien soy yo?”, me preguntó como quien está dispuesto a un sufrimiento, como quien todavía duda de su propia revelación.
Como no me gusta que nadie sufra por un olvido mío, lo miré a los ojos. Créanme que fueron apenas unos instantes - y él, si me escucha, no me dejará mentir- y en sus ojos leí su nombre:
-Pascual, le dije, vos sos Pascual, el arquero de aquel equipo de chicos, Defensores de Núñez”.
Le di de lleno en el corazón porque con los ojos ya lanzados a la nostalgia me dijo:
-¿Sabés? Hace cincuenta y seis años que no te veo. Teníamos catorce. Retrocedió más de medio siglo como quien vuelve a la casa que está a la vuelta. Pero no.
Me hizo un guiño de pertenencia:
-Mi viejo y tu viejo eran peronistas. Me dijo que miraba el programa.
Ahí empezamos a recordar: que el sombrenombre de él era “Marrapodi”, el nombre de un arquero felino de Ferro; que a mi hermano y a mi nos decían “los cebollitas”: y que en el equipo jugaban los hermanos Díaz, uno hábil y el otro un duro; que el más gambeteador era “Camacho”, un chico más pobre que todos nosotros pero que en la cancha se convertía en el más rico. Pascual era el que guardaba y cuidaba la pelota. La inflaba y la engrasaba con trozos de grasa de la carnicería del barrio. Sin él no había partido. Me apuraba ya la hora, así que le toqué los hombros sin dejar de mirarlo; hice todo el esfuerzo del mundo para verlo a él como cuando era un chico, sin resultado. Los niños nunca vuelven: se los comen los grandes. Se los comen crudos: somos los únicos seres que nos fagocitamos a nosotros mismos y sin remordimiento. A cada rato, para ilusionarme, lo nombraba como si su nombre fuera la contraseña secreta para abrir la puerta de un templo ya cerrado hace mucho. Me dijo que entrara al canal, que no me preocupara, que él tenía invitación para el programa y que iba a estar en las gradas. Y que después, al salir, me saludaba. Pero después del programa no lo vi. No lo encontré. Me quedé un rato largo en la vereda del canal, sobre Tagle, a la noche, maldiciéndome por no haber tenido la precaución de anotar su teléfono. Por momentos tuve la idea de que Pascual había sido una aparición fantástica que se había desvanecido para que la nostalgia fuese perfecta. Para que no alargáramos el recuerdo, porque entonces nos íbamos a tropezar con nosotros, ahora, cincuenta y seis años después. Y ya no tendría gracia: nosotros ya no tenemos gracia. Cómo atajaba Pascual.
Carta leída el 1 de febrero de 2010 por Radio del Plata
Escrito por Orlando Barone en 9:32 AM
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario