martes 1 de diciembre de 2009
El síndrome de las fiestas y la condición humana
Es un síndrome complejo. Y si se piensa, innecesario. Del síndrome participan voluntaria o involuntariamente las familias. Sean la de uno u otro lado; la de ella o la de él; o la propia, a solas y privada. Hay protagonistas y efectos recurrentes ya clásicos: suegras y suegros, cuñadas y cuñados, y nueras y yernos antiguos o nuevos que suelen ser los que más influyen en disparar este fenómeno. Los abuelos, aparte de la histórica carga de nostalgia, aportan sus estados de ánimo que en la vejez no son preferentemente idílicos. Y están los bebés y los niños. Juegan un papel trascendente, ya que su propensión al lloriqueo, al caprichismo, y a la eventualidad de que se encastren en el ojo la chispa de una bengala que pasaba por inocua, mantienen a los comensales en un estado irritativo que, contenido por diplomacia hacia los padres, causa estragos orgánicos posteriores. El síndrome de las fiestas se revela por estos días de diciembre, y al contrario del síndrome de abstinencia este es de abundancia. Abundancia de objetos olvidables en su mayor parte y abundancia de saludos y besos a la marchanta. No cuento las tarjetas, los e mails y los mensajes de texto porque para esos hay un gran pozo de la nada donde se introducen al instante de ser remitidos. El síndrome también abunda en ansiedad, en melancolía, en falta de tiempo, en amontonamiento familiar y en un conjunto de fenómenos físicos y psíquicos que responden a los estímulos de época. A los del arbolito de Navidad de plástico no bio degradable que Greenpace considera antiplaneta y a los de los brindis en cadena con prevalencia de bebidas no recomendadas por el manual de enología. El contexto que rodea las vísperas de las fiestas es de alta intensidad de preparativos. Y de consumo. El nivel adquisitivo diferente entre unos y otros, aparte de la categoría según las góndolas sean de primera o de outlet, no cambia las sensaciones de la masa de involucrados. Compitan en el menú el vittel thoné , más obvio que la ensalada rusa y que el peceto mechado con ciruelas ; compitan el chancho asado a la parrilla, donde un voluntario suda por todos; o compitan con la centolla y el sushi, igual el debate interno entre los que van a reunirse adquiere una tensión de beligerancia. Si ir a lo de aquél o a lo de los otros; si evitar a la cuñada inaguantable o al tío chistoso que nunca renueva el repertorio. Si viajar a la loma del kinoto para tener que volver a la madrugada por meandros sombríos; si hacer la fiesta en casa y resignarse a que los invitados lleguen con hambre y ni siquiera traigan un postrecito de morondanga; o si ir a un restaurante y los que pidan vinos caros que lo paguen aparte. Uno de los efectos más riesgosos del síndrome es el stress al cohete que produce. Además de la conspiración doméstica que condena a la maledicencia a la nuera que solo come lechuguita con alita de pollo pigmeo y que no mueve el culo de la silla ni para levantar un plato. El tira y afloje entre la familia de ella y la de él lo gana la de ella. A lo que se agrega el invitado colado que nunca falta y se lanza en la mesa a pontificar sobre la ética y se sabe que a su mujer no le paga la cuota de los hijos desde hace un año. Si algo hay como resumen descriptivo de la condición humana son las fiestas. Ni aunque la tía del inexorable pío nono, por una vez prepare un plato nuevo sugerido por Maru Botana, ni aunque el primo más zarpado tenga lista una batería de fuegos artificiales que aterroricen al caniche toy y amenacen con incendiar la casa, el ritual levanta vuelo. El síndrome contagia en directo. Por osmosis o a la segunda potencia. Para evitarlo habría que esconderse. O no querer a nadie.
Carta abierta leída por Orlando Barone el 1 de Diciembre de 2009 en Radio del Plata.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario